
En la medida en que vivimos, cambiamos. Es como si mudáramos la camisa. En este proceso, necesario para el crecimiento físico y personal, dejamos por el camino lo que ya no necesitamos junto con algunas piedras de colores que ya no podremos recuperar.
Si los cambios más evidentes, al menos desde el exterior, son los físicos, no menos trascendentes e irreparables son los de carácter personal. La forma de comprender el mundo que nos rodea cambia a medida que crecemos, maduramos y envejecemos.
Veamos, por ejemplo cómo cambia la percepción que tenemos del tiempo en las distintas etapas de nuestra vida.
Cuando eres niño el tiempo va de tu mano, siguiéndote los pasos, mientras se desliza lento y calmado.
Los días se componen de mañanas, tardes y noches. Y estas de horas. Las horas de minutos. Los minutos de segundos. Incluso los segundos son plenos y alargados, encontrándose repletos de risas, juegos, frustraciones, olores, estímulos, hambre, sorpresas, colores, rasponazos en las rodillas, besos, pinturas, meriendas, sueño, lágrimas, curiosidad, misterios… Segundos preñados de vida. Segundos que conforman minutos, y estos horas, y estas días con sus mañanas tardes y noches… así un día y otro y otro…
Las semanas, meses y años le vienen grandes al tiempo-niño. Se vuelve tan largo y lento que, prácticamente, pierde su cualidad de pasajero, esencia sin la cual no es nada y se diluye y estira a punto de dejar de existir.
Es el tiempo de la impaciencia y el ahora. El pasado y el futuro carecen de sentido.

Cuando maduras el tiempo te empuja. Siempre falta. Se hace escaso. Por lo general hay más cosas por hacer que tiempo para llevarlas a cabo. Es poco el que puedes emplear en cosas que te gusten. En esta etapa el tiempo se divide en trabajo, descanso, ocio, obligaciones, vacaciones, fin de semana, lunes martes…
En el tiempo-adulto las horas pasan a toda prisa, los minutos tan solo sirven para estar a punto de terminar algo o llegar tarde y los segundos son despreciados, pues no son prácticos ni tienen valor suficiente para ser productivos, por lo que acaban languideciendo vacíos y aburridos.
Es el tiempo de la prisa y el mañana. Si te descuidas, el futuro puede hacer que pierdas de vista el presente.

Por lo que me han contado, el tiempo de los viejos adquiere la capacidad de volar. Es ágil y huidizo como un pájaro. Has de estar muy atento para que no se te escape de las manos. Es tiempo para cuidarse y disfrutar. Tiempo de recoger frutos y saldar deudas, si alguna quedara pendiente. En el tiempo-viejo los segundos, minutos y horas pierden relevancia, quedándose pequeños y conformando medidas de tiempo mayores, reuniéndose hasta dar lugar a días, semanas, meses, años… Cuando quieres darte cuenta ya pasaron tres, diez, o veinte. El tiempo se va acumulando en los rostros de familiares y conocidos, y queda reflejado en las fotografías y en los espejos.
Es el tiempo de la paciencia. El futuro retrocede dejando vía libre al pasado y el presente.
Se ve que, a medida que nos hacemos mayores, tenemos la impresión de que el tiempo pasa cada vez más rápido, de tal forma, que si comparásemos esta percepción con un cronómetro en marcha, resultaría que el tiempo-niño estaría representado por las horas, el tiempo-adulto por los minutos y el tiempo-viejo por los segundos.
Sea niño, adulto o viejo, aprovechemos y disfrutemos nuestro tiempo!!