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29 junio 2009

El loro de Flaubert


[…Quieres podar el árbol. Sus ramas hirsutas pero rebosantes de hojas se estiran en todas direcciones en busca del aire y del sol. Pero tú quieres convertirme en una encantadora espaldera extendida sobre la pared, que dé unos frutos magníficos que hasta un niño podría coger sin necesidad de una escalera…]

[…A medida que envejecemos, el corazón se nos va desnudando, como los árboles. No hay nada capaz de resistir ciertas ráfagas de viento. Cada nuevo día nos arranca algunas hojas, y eso sin contar con las tormentas que rompen de una sola vez varias ramas. Pero así como el verdor de la naturaleza renace en primavera, el nuestro se va para siempre…]

[…“Los que son como nosotros necesitan tener la religión de la desesperanza. Hay que estar a la altura del propio destino, es decir ser, tan impasible como él. A fuerza de repetir. ¡Es así! ¡Es así! ¡Es así!, y de contemplar el agujero negro, logramos la calma.” Ellen no tenía ni siquiera esta religión. ¿Por qué iba a tenerla? ¿Por mí? Siempre les pedimos a los desesperados que no sean egoístas, que piensen en los demás. Lo cual me parece injusto. ¿Por qué cargar sobre sus espaldas la responsabilidad del bienestar de los demás, cuando ya viven aplastados por la suya propia?...]


Texto: Julian Barnes. El loro de Flaubert.

18 mayo 2009

In memoriam

DEFENSA DE LA ALEGRÍA

a Trini

Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas
defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias y los graves diagnósticos
defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias
defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres
defender la alegría como una certeza
defenderla del óxido y de la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa
defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar y también de la alegría.

Mario Benedetti.

Gracias Don Mario.
Qué suerte que los poemas puedan leerse una y otra vez.
Y otra, y otra...

11 noviembre 2008

La fuerza de las mujeres





[…Entre los cinco elementos que constituyen la vida, yo me considero agua. Agua que refresca. Agua que cura. Agua que olvida. Agua que acepta. Agua que mana incesantemente. Agua que también destruye. Porque el poder de disolver y destruir es una parte del agua tan importante como su humedad.
En el mundo de la química, el agua es el disolvente universal. Se integra con el carácter de los elementos que se disuelven en ella. Pero el que sea familiar no significa que sea típica. Ese fue el error que cometió Ebe. Me consideraba alguien sin relevancia. Así que no me quedó mas remedio que demostrarle la naturaleza real del agua y cuán grandiosos son sus poderes. Que es el agua en sus diversas formas la que configura la tierra, la atmósfera, el cielo, las montañas, los dioses y los hombres, las bestias y los pájaros, la hierba y los árboles y los animales, incluidos los gusanos, las moscas y las hormigas. Que todo eso son formas distintas de agua. Que el agua hay que pesarla cuidadosamente o puede caer sobre ti. Ésa era la primera lección que tenía que enseñarle.
Durante años estuve congelada en estado sólido. En ese estado, mi habilidad para hacer que ocurrieran cosas se mantuvo muy baja. Me dejaba flotar en la superficie del tiempo, impasible y ajena a lo que se había hecho de mi vida.
En mi estado de congelación se me olvidó lo que era ser agua. Pero de repente algo se despertó dentro de mí. Algo pasó. Un cambio Químico.
Hay un nombre técnico para el agua en la que me convertí. Agua supercrítica. Capaz de disolver prácticamente cualquier cosa que, como simple agua, ni siquiera me habría atrevido a pensar. Arrastrada por una vehemencia que podría quemar y destruir venenos que, si se les permitía existir, matarían todo lo que es natural o bueno.

No le voy a decir que las mujeres son débiles. Las mujeres son fuertes. Las mujeres pueden hacer de todo tan bien como los hombres. Las mujeres pueden hacer mucho más. Pero la mujer tiene que encontrar ella misma esa veta de fuerza en su interior. No aflora por sí sola, espontáneamente…]

Texto: Anita Nair. El vagón de las mujeres.

Cuántas veces y en cuántos lugares la fuerza y valía de las mujeres son ignoradas, menospreciadas e incluso aniquiladas, antes incluso de brotar.

Gracias a mis amigas por estar ahí.
Gracias a algunas de ellas por ser mis hermanas.

22 septiembre 2008

Vida eterna


[…El concepto del mundo como sistema de precisas compensaciones influyó vastamente en los Inmortales. En primer término, los hizo invulnerables a la piedad. He mencionado las antiguas canteras que rompían los campos de la otra margen; un hombre se despeñó en la más honda; no podía lastimarse ni morir, pero lo abrasaba la sed; antes de que le arrojaran una cuerda pasaron setenta años. Tampoco interesaba el propio destino. El cuerpo no era más que un sumiso animal doméstico y le bastaba, cada mes, la limosna de unas horas de sueño, de un poco de agua y de una piltrafa de carne….]

[…La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Estos conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser el último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales. …]

Texto: Jorge Luis Borges. El inmortal.

Fuerte el asunto. Borges pinta de tal modo la inmortalidad en este cuento, contenido en su libro El Aleph, que, por difícil que parezca, acabas agradeciendo y apreciando tu condición de mortal.

27 julio 2008

Escaleras

Las escaleras parten de abajo y de arriba y se retuercen trepando. Se adelgazan como cabellos, dan un ligero reposo, se tornan verticales. Se marean. Se precipitan. Se alargan. Retroceden. No terminan jamás.




Cuántas escaleras? Cuántos peldaños de escaleras? Cuán­tos pies en los peldaños? Cuántos siglos de pasos, de bajar y subir con el libro, con los tomates, con el pescado, con las botellas, con el pan? Cuántos miles de horas que desgastaron las gradas hasta hacerlas canales por donde circula la lluvia jugando y llorando?

Escaleras!

Ninguna ciudad las derramó, las deshojó en su historia, en su rostro, las aventó y las reunió, como Valparaíso. Ningún rostro de ciudad tuvo estos surcos por los que van y vienen las vidas, como si estuvieran siempre subiendo al cielo, como si siempre estuvieran bajando a la creación.


Escaleras que a medio camino dieron nacimiento a un cardo de flores purpúreas! Escaleras que subió el marinero que volvía del Asia y que encontró en su casa una nueva sonrisa o una terrible ausencia! Escaleras por las que bajó como un meteoro negro un borracho que caía! Escaleras por donde sube el sol para dar amor a las colinas!

Si caminamos todas las escaleras de Valparaíso habremos dado la vuelta al mundo.

Texto: Pablo Neruda. Confieso que he vivido.


Fotografías: Valentina.

26 junio 2008

Salvación

Yo había saltado desde el borde del acantilado y justo cuando estaba a punto de dar contra el fondo, ocurrió un hecho extraordinario: me enteré de que había gente que me quería. Que le quieran a uno de ese modo lo cambia todo. No disminuye el terror de la caída, pero te da una nueva perspectiva de lo que significa ese terror. Yo había saltado desde el borde y entonces, en el último instante, algo me cogió en el aire. Ese algo es lo que defino como amor. Es la única cosa que puede detener la caída de un hombre, la única cosa lo bastante poderosa como para invalidar las leyes de la gravedad.

Paul Auster. El Palacio de la Luna.

05 junio 2008

Primeras letras

De los topos, aprendimos a hacer túneles.
De los castores, aprendimos a hacer diques.
De los pájaros, aprendimos a hacer casas.
De las arañas, aprendimos a tejer.
Del tronco que rodaba cuesta abajo, aprendimos la rueda.
Del tronco que flotaba a la deriva, aprendimos la nave.
Del viento, aprendimos la vela.
¿Quién nos habrá enseñado las malas mañas? ¿De quién aprendimos a atormentar al prójimo y a humillar al mundo?

Eduardo Galeano. Bocas del Tiempo.

¿De nosotros mismos, quizás?

29 mayo 2008

Dueños del destino

La vida no es, como nos han enseñado, una página escrita que nos aguarda. Cada día, a cada momento, escogemos lo que somos, lo que sentimos y lo que creemos. Nuestras palabras y nuestros hechos no son otra cosa que elecciones.
Espido Freire. Melocotones helados.

Si, como dice Espido Freire, elegimos el camino, nos hacemos responsables de nuestras vidas. Las victorias y derrotas nos pertenecen por igual. No podemos buscar culpables mas allá de nosotros mismos. Seamos positivos. Disfrutemos de los aciertos y ante los errores optemos por el aprendizaje antes que por el arrepentimiento.