Hará unos diez años, una persona muy cercana, que me visita con frecuencia, me regaló una piel de gacela.No me gustó. Aún siendo preciosa, no podía dejar de pensar en la dueña de aquel manto luminoso y suave, perdiendo la vida para que yo pudiera recibirlo, bien envuelto en papel de colores.
Lo primero que pensé fue tirarla. Pero no. Aquello había costado una vida.
Luego se me ocurrió meterla en una caja o regalarla.
Al final, siguiendo las máximas de “a caballo regalado no le mires el diente” “sé práctica” y “un regalo nunca se regala” la piel fue colocada en el salón. Cada vez que abría o cerraba una de las ventanas, mis pies pisaban el lomo brillante y tostado.
Unas vacaciones, cuando con paciencia jobiana, el tiempo y el hábito, habían comenzado a transformar aquella piel en una alfombra, vino a verme mi sobrina. Por aquel entonces tenía cuatro años. De pronto, con un gesto de pena dibujado en su linda cara, y un dedito señalando la maldita piel, me preguntó: está muerto tía? Sentí vergüenza delante de su inocencia herida, me cagué en todo lo cagable y me maldije por no haberla retirado de allí antes de su llegada. La alfombra, en un segundo, volvió a convertirse en una piel de gacela.
Era invierno. La tarde era fría y ya había oscurecido. Una amiga vino a verme con su perro. Mientras nos tomábamos un humeante té con bizcocho, olvidando por completo al resto del mundo, a su can y a la mía, el invitado dio cuenta de un buen trozo de piel de gacela, dejándonos bien claro que no necesitaba que nadie le hiciera los honores, que, como perro independiente que era, se bastaba y sobraba para servirse él mismo.
Cuando se marcharon observé el boquete con detenimiento. Era grande e irregular. De pronto una luz brilló en mi mente. Está rota, la tiro. Si, si, si, si. Pero… cuando decidida, fui al cajón de la cocina a por una bolsa para meterla en ella y echarla a la basura… otra vez, la gacela saltarina, volvió a aparecer ante mí dando brincos alegremente. Lo menos que podía hacer, era darle una utilidad y no tirarla como un trapo viejo. Aquello había costado una vida.
Recorté la piel con unas tijeras, quitándole toda la parte mordida que, no sé si decir por suerte, había quedado en un lateral. Ya no podía “lucir” en el salón y la coloqué bajo la mesa del ordenador, lugar en el que ha estado los últimos tres años. Mis pies están sobre ella en este momento, y los aísla del frío suelo, con eficacia y calidez.
Ahora sé, que no podré deshacerme de ella.











































